Noche 2

Hasta nuestros más lejanos antepasados, aquellos homínidos que se esforzaban por encontrar un pensamiento y un lenguaje complejos, debieron tener miedo a la noche: la ausencia de luz y el dominio de las sombras, los sonidos sin identificar… y, sobre todo, la pérdida de la consciencia, el sueño, que puede parecer la pérdida de la vida; la sensación de estar solo frente a un mundo inabarcable, incomprensible y hostil hacían de la noche, sin duda, una situación temible… Hoy tenemos luz a cualquier hora de la noche, podemos abrir las ventanas y percibir el sonido y las imágenes de la ciudad, que nunca duerme del todo, podemos llamar por teléfono a familiares o amigos o, a través del prodigio de Internet, comunicarnos con personas a miles de kilómetros… Y sin embargo, la noche sigue siendo un ámbito inquietante, un momento donde el individuo se siente inseguro, solo. Porque en la noche, al revés que durante el día, tú no eres tú y tus circunstancias (Ortega) sino aquel ser que cobró vida en el seno materno y que se sintió solo, perdido, al salir a un mundo ruidoso y áspero y que, tras un itinerario confuso, entrarás en la noche definitiva sin saber bien de dónde has venido, adónde vas ni qué has hecho realmente entre esos dos momentos.

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Noche 1

Llega la noche. Imperan las sombras. Ni luz ni calor. Soledad. Estás solo. Solo con tus soledades. Tú y tus sombras. Tú y tus recuerdos. Tus anhelos frustrados. Tus miedos. La noche. Soledad.

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Juego poético II

Juego_poético_II

 

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Condiciones de cónyuge

Si no somos amantes, no somos nada.

Si no sientes tu cuerpo enardecido ante la presencia del mío,

si no escuchas mi voz como la mejor melodía

y no percibes mi olor como el aroma sagrado.

Si al rozarme no sientes la imperiosa necesidad de la caricia

y cuando ésta aparece no te eleva hasta el cielo,

si no miras y sueñas, si no tocas y tiemblas…

Si no somos amantes, no somos nada.

Si no somos amigos, no somos nada.

Si no sé que puedo contar con tu lealtad permanente,

que tu palabra es sincera y tu abrazo incondicional,

que tu mano está siempre dispuesta a acudir en mi ayuda…

Si no somos amigos, no somos nada.

Si no somos socios, no somos nada.

Si no compartimos afanes y sudores,

si no atravesamos asidos de la mano,

y en diálogo inteligente,

pantanos y desiertos…

Si no somos socios, no somos nada.

Sí, si no somos amantes, amigos y socios,

en la fiesta y el duelo compartidos,

en el fuego y la tormenta, en el río y el océano,

en el valle y la montaña, en el surco y en la nube…

no somos nada.

Pero si sabemos entrelazar esos tres anillos,

la pasión amorosa, la amistad generosa

y la sociedad eficaz…

lo seremos todo.

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La Ritirata di Madrid (Boccherini)

Señora… –Señor… –Señora. –Señor. –Señora… Se nos acaba una época, un siglo, pero es seguro que viene otro igual al tiempo que diferente… ¡Toque, don Luigi, toque! Háganos gozar con su hermosa música: que la cuerda que, al ser acariciada por el arco o por los dedos, busca el alma de la madera para crear así la suprema Belleza de la Música, consiga mezclar el alma del hombre con la del entero Universo. ¡Toque, maestro, por favor, toque! Que la música alegre, vital, se eleve por encima de las miserias humanas… Se nos acaba, don Luigi, la ciudad de capa y espada, de intrigas de salón, de emboscadas y mentideros, de validos y pícaros, de opulentos corruptos y trabajadores ingenuos, de clases medias débiles y zarandeadas, de fiestas y de duelos engañosos, de sueños imposibles y peligrosos simulacros… se nos acaba, se nos acaba… Pero, lo mismo que la guardia se retira a medianoche pero ha de volver al día siguiente, mañana tendremos otro siglo igual aunque diferente, otra sociedad también organizada en beneficio de los codiciosos, de más validos y más pícaros, una sociedad acosada por la mentira y la estupidez… Sin embargo, don Luigi, por favor, no deje de tocar, no permita que nos abandone su música. Necesitamos de la Belleza, don Luigi, necesitamos saber que, por encima de intrigas y mentideros, otros horizontes esperan al Hombre.

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¡Feliz primavera!

PRIMAVERA TOTAL

 

¡MADRE mía, tierra;

otra vez más verde,

más plena, más bella!

 

Y yo, mientras, hijo

tuyo, con más secas

hojas en las venas.

 

¡Madre mía, tierra;

sé tú siempre joven,

y que yo me muera!

 

—Y tú, mientras, madre

mía, con más frescas

hojas en las piernas—.

 

Juan Ramón Jiménez

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La princesa y los cinco sentidos

LA PRINCESA Y LOS CINCO SENTIDOS
I. El maleficio
El maleficio era claro y rotundo; y la bruja que lo había impuesto, poderosa. La princesa sólo podría casarse con uno de los cinco pretendientes que aspiraban a desposarla y todos ellos con una condición horrible: solamente disponían de un sentido, condición que también impondrían a la esposa durante las nupcias… ¡Drama! Sólo un sentido para vivir las nupcias; claro que unas nupcias no duran toda la vida pero en aquel reino fantástico duraban tres lunas, tiempo suficiente, y necesario, para hacer fracasar o triunfar un matrimonio: los esposos dispondrían en su cámara nupcial de todo lo necesario para vivir, para convivir… pero no podrían utilizar más que un sentido. No era un drama eterno pero, ¿os imagináis lo que son tres meses pudiendo sólo, por ejemplo, ver pero no oír, ni gustar, ni oler, ni tocar; u oler pero no ver, ni oír…? Pero el maleficio, ya se dijo, era claro y rotundo, inapelable: la princesa debía desposarse con un varón de un solo sentido y ella adquiría esa terrible condición en el momento de elegir. Ver, oír, gustar, oler o tocar: sólo un sentido… Por supuesto, su elección habría de realizarse sin conocer previamente a los pretendientes, sin saber de cada uno de ellos nada más que eso: que disponía de un solo sentido: ver, oír, gustar, oler o tocar… ¡Tremendo problema! Mas la princesa era valiente y, después de una profunda meditación, decidió. Y, según la crónica, decidió de forma correcta.
Lamentablemente, la historia nos ha llegado incompleta y no sabemos qué sentido eligió… Claro que eso tiene su ventaja porque, por un tiempo, podemos volver a sentirnos princesas y tomar nosotros la decisión… ¿Te animas?

 

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