Tiempo (cuento triste)

(Para E.)

I
Dame tiempo, te decía, y tú respondías con tu sonrisa llena de futuros: por supuesto, toma tiempo… pero cada beso, cada abrazo, cada caricia, cada juego era un grito de apremio, una demanda de ya, de aquí y ahora, de amor… Pero yo necesitaba tiempo aunque mi cuerpo de 17 años, recién salido de la adolescencia, sentía el deseo profundo de formalizar mis relaciones contigo porque te necesitaba desde aquella maravillosa tarde en que nos encontramos casualmente en la fuente y tú, nada más mirarme, alborotaste el agua del caño y me salpicaste riendo, y yo dije tonto y salí corriendo pero llena de deseos de que me alcanzaras… Y luego los cruces «casuales» en la Plaza o en el Paseo, y un día, sin ningún preámbulo, tú te pusiste a mi lado audazmente y yo no rehuí tu compañía, aunque ambos, quizá un poco asustados, fuimos todo el rato en silencio… Y luego el beso robado en una de las esquinas exteriores de la Iglesia; y el beso del día siguiente, ya sin delito, en el mismo lugar, y las carreras hasta el Olivar y los honestos paseos entre los árboles centenarios… Y, reprimiendo todos mis deseos, siempre lo mismo: dame tiempo; y tú también con tu alegría contagiosa y tu anhelo de varón: toma tiempo y ambos anegándonos de besos y deseos. Y las familias, y todo el pueblo, encantados de ver a dos jóvenes tan enamorados, pero aconsejándonos que no hiciéramos «locuras», que nos refrenáramos, que nos diéramos tiempo. ¡Tiempo, tiempo!

II
Y de pronto, como un terremoto inesperado, llegó al pueblo el sonido siniestro de los cañonazos de la guerra. Había que salvar a la Patria, salvar la República… y había que hacerlo a tiros, truncando la vida de cuantas personas hiciera falta.Unos hombres viejos y tristes disponiendo de la vida de unos jóvenes alegres. Y llegó la carta fatídica y fuiste movilizado para ir a matar… pero fuiste a morir. Y enseguida, sin tiempo para comprender bien lo que estaba pasando, cuando aún no había terminado el otoño sombrío que había sustituido a nuestro luminoso verano, tu madre recibió otra carta y me la llevó sin abrir, ¡ella conocía su terrible contenido! Y todo se llenó de luto: ya no me pedías tiempo ni yo podía dártelo, porque el tiempo se había parado, había desaparecido para los dos y tú solo podías darme la sima negra de tu ausencia y yo no podía darte más que mis lágrimas de una precoz y espantosa viudez.

III
Dicen que el pueblo ha cambiado mucho desde entonces: renovaron la iglesia y la plaza; permanece la fuente pero el pilón ha sido agrandado y nadie bebe de esa agua, ni tampoco los mozos juegan a salpicarse… Dijeron que se había acabado la guerra y sus consecuencias, que ahora ya vivíamos en una sociedad diferente… pero yo sigo sintiendo la misma pena que entonces y visitando cada día la fuente, la plaza, el camino que lleva al olivar (aunque ya mis envejecidas piernas no me permiten pasear entre los olivos añosos). Murieron tus padres y los míos, ya no queda nada tuyo por aquí; mis hermanos marcharon a la capital y me insisten una y mil veces en que me vaya con ellos… pero yo no quiero abandonar nuestra fuente, nuestra esquina de la iglesia, nuestro olivar.

Al principio le preguntaba a Dios por qué había permitido aquello… pero ahora ya no pregunto nada: quizá Dios no tenga oídos para escuchar esas preguntas de un drama personal cuando hay tantos dramas mucho mayores en el mundo o quizá yo no tenga oídos para escuchar ninguna explicación divina. Cuando murió mi padre, mi madre siempre decía que esperaba la hora de su muerte con esperanza porque sabía que lo encontraría en el más allá… pero yo no comparto esa fe; no sé bien qué es el más allá, el futuro me parece confuso e incierto. En cambio el presente lo tengo claro: sólo conocí la alegría en esos meses maravillosos que compartimos juegos y promesas y, después, la pena, la inmensa tristeza de tu ausencia, que se prolongará, pienso, hasta más allá de mi muerte.

(28 febrero / 4 marzo 2015)

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Acerca de Ch. Abada

Escribo (torpemente) para encontrar personas y (quizá) para encontrarme a mí mismo. Todavía no tengo claro (ni siquiera después del excelente tratamiento de mi psiquiatra MS) si soy un débil que se hace el fuerte (para disimular su miedo ante los poderosos) o soy un fuerte que se hace el débil (para llamar la atención de las personas generosas). Con Terencio, «Nada humano me es ajeno»; con Goya, «Aún aprendo».
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