Mozart me salvó

MOZART ME SALVÓ

(Para Uxía)

Tú lo comprendes, ¿verdad? Recuerda que te lo advertí: si él se decide a venir desde Nueva York, en el plazo que yo he marcado, a proponerme que reanudemos nuestra relación, que la formalicemos, debo escucharlo, debo considerarlo…

Sí, yo lo comprendía: yo sabía que me había enamorado de una mujer que, honestamente, me había advertido de que tenía otra relación sin definir, intermitente y confusa como son hoy la mayoría de las relaciones entre hombres y mujeres, perdidos como estamos entre el estrés, el agobio de sensaciones, las tensiones de todo tipo, la frustración de una sociedad que no acaba de encontrar su equilibrio; una relación no consolidada pero tampoco concluida: una relación incierta como otras que yo había tenido. Sí, yo lo comprendía pero tenía ganas de gritar, de maldecir, de suplicar… Pero logré mentir y dije con una sonrisa:

¡Por supuesto! Debes tener esa entrevista y debes hacer lo que consideres oportuno. Sin ignorar a tu mente, debes dejarte guiar por tu corazón. Y no te preocupes por mí: tengo muy claro que yo he sido invitado a una fiesta donde hay más personas y hasta que no termine no será posible saber qué rol jugamos en ella cada uno.

¡Hipócrita embustero! Porque la entrevista, como otras que había habido antes (ella era discreta pero sincera y no ocultaba la fascinación que ElInnombrable —como lo llamábamos siempre, en un juego complejo y con cierta complicidad— ejercía sobre ella), no era tomar un café a media tarde y una charla con principio y final definidos: la entrevista, la terrible entrevista, la asesina entrevista era una cena romántica y luego una copa en casa… ¿Sería también esta vez así, habría a la mañana siguiente un desayuno de fruta, café con leche y tostada con aceite y tomate? Y música, buena música… Porque eso es maravilloso cuando es uno el comensal pero terrible cuando uno está excluido del banquete…

¡Maldito progreso, maldita tecnología que puede hacer que un hombre salte diez mil kilómetros en unas horas!… Un hombre que pretende alterar el curso de la historia debería tener la obligación de cruzar el Atlántico a nado. O, al menos, debería ser como hace un siglo, que la gente iba en barco y pasaban semanas entre las dos orillas…

Así que me pasé la noche en vela, entre el furor y la desesperanza, ora optimista (pensando que yo, a pesar de ser un músico de tercera categoría, no un triunfador a nivel internacional, tenía la ventaja de haber tenido, desde el primer momento que la vi, las ideas muy claras y haberme llenado de energía para mantener una relación intensa y mutuamente enriquecedora), ora deprimido (diciéndome que había cometido el error de pretender un imposible y que tendría que pagar, muy dolorosamente, por ello).

Pero con la mañana llega la salvación. Radio Clásica anuncia la retransmisión del «Concierto para piano y orquesta número 23» de Mozart. Uno de nuestros conciertos preferidos: recordaba, con precisión, alguna de las veces que lo habíamos escuchado juntos, en concierto o en disco. Pero, sobre todo, recordaba vívidamente la mañana que habíamos puesto la versión de Derek Han y la Orquesta Filarmónica de Londres, dirigida por Paul Freeman. Quizá porque había sido mi primer regalo, a poco de conocernos, la preferíamos a la de Robert Casadesus con la Sinfónica de Columbia, dirigida por George Szell y la de Mauricio Polinni con Claudio Abbado dirigiendo la Sinfónica de Viena, que también nos encantaban y que también estaban en su bien nutrida discoteca.

Ella, que sabía de mi devoción por este concierto, me notó especialmente serio en esa ocasión y me dijo:

No conozco a nadie que escuche este concierto como tú.

Nadie tiene el privilegio de escucharlo entre dos maravillas como Mozart y tú.

No preguntó nada. Quizá si lo hubiera hecho yo hubiera respondido que estaba un tanto melancólico ese día… pero no le hubiera confesado que la música me había hecho reflexionar con temor: «¿Qué pasará si un día no puedo escuchar este concierto junto a ella? ¿Lo soportaré?» Pero ella supo de forma inmediata que yo necesitaba un abrazo especial. El desayuno protestó por haber sido interrumpido abruptamente pero las sábanas que, aparentemente, ya habían sido liberadas de su función hasta la noche, comprendieron que las necesitábamos todavía y nos acogieron amables: fue una ocupación suave y lenta como el andante del concierto, envueltos en él… La cuerda y el viento dialogando, enredándose, abrazando al piano que abre todos los horizontes pero también reclama que todo se concentre en una sola frase, en un punto… Y, después del festivo allegro que cierra el concierto, el silenció, un silencio que atesora hermosas sensaciones, un silencio preñado de palabras que pronto nacerán entre risas.

Y ahí estaba una vez más, esta vez por la radio, Mozart y su hermoso concierto, su andante delicado y bello entre sus dos allegros vitales y luminosos… ¡Bravo! Ya tenía un pretexto para personarme en su casa: ¡WhatsApp! ¡Bendito progreso, bendita tecnología que puede hacer que un hombre haga llegar su voz hasta el corazón de alguien que está en otro lugar, en otra circunstancia!… «Conc, 23 Mozart en R. Clásica.»

¡Corre, Wolfgang, corre, llega antes de que sea tarde! Te prometo, querido Amadeus, que te lo agradeceré hasta el último día de mi vida… Le juro, admirado maestro, que pregonaré a los cuatro vientos que su música puede hacer milagros…

Pero ¿y si no lee mi mensaje o no pone la radio o…?

Leyó, puso la radio, escuchó «nuestro» concierto y rememoró. Mozart acabó con la incertidumbre.

Así que, como es natural, los aviones siguen enlazando las dos orillas del Atlántico en una horas y mucha gente tiene libertad y posibles para cruzar hacia la orilla de allá pero la mayoría prefiere quedarse en ésta, en este continente, en el continente donde se hizo siempre la mejor música, en el continente de Mozart.

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Acerca de Ch. Abada

Escribo (torpemente) para encontrar personas y (quizá) para encontrarme a mí mismo. Todavía no tengo claro (ni siquiera después del excelente tratamiento de mi psiquiatra MS) si soy un débil que se hace el fuerte (para disimular su miedo ante los poderosos) o soy un fuerte que se hace el débil (para llamar la atención de las personas generosas). Con Terencio, «Nada humano me es ajeno»; con Goya, «Aún aprendo».
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