La edad de hielo

Muchos años después, frente al espejo, ella había de recordar aquella tarde remota en la que él la llevó a ver «La edad de hielo». Como siempre ocurre en esas circunstancias, su mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Y eran los dedos, las manos, los que hablaban y definían: y el hielo y el fuego se mezclaban y se quebraban las superficies y se formaban los continentes y los océanos y las tormentas se presentaban en todo su esplendor y el arco iris deshacía todos los miedos…

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Acerca de Ch. Abada

Escribo (torpemente) para encontrar personas y (quizá) para encontrarme a mí mismo. Todavía no tengo claro (ni siquiera después del excelente tratamiento de mi psiquiatra MS) si soy un débil que se hace el fuerte (para disimular su miedo ante los poderosos) o soy un fuerte que se hace el débil (para llamar la atención de las personas generosas). Con Terencio, «Nada humano me es ajeno»; con Goya, «Aún aprendo».
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